miércoles, 11 de marzo de 2015

La Tita Mari



Desde Chamberí me acompaña una gitana. Gitana, gitana de moño en alto y tetas como montañas. Atasco monumental para llegar a Antón Martín, otro de esos que hacen que los tassiss no sean rentables, un tarado que se cruza zigzagueando.

                -“Tu fíjate que estrenábamos en Aranjuez e íbamos a ir solos mi marido y yo, pero por casualidades de la vida, una amiga mía, fotógrafa que no le gustaba el flamenco, se apuntó a última hora, para acompañarnos el primer día. Luego, por otro lado, el hijo de la Tita Mari se vino con nosotros porque íbamos a última hora y él tenía que hacer.

Pues vino una curva y ellos, que no tenían puesto el cinturón, salieron disparados. Se mataron los dos ahí.”

-“… Y el hijo de la gran puta de mi ex, mi marido de entonces, aunque estuvo a punto de morirse no fue capaz de preguntar a los padres qué tal estaban. El cabrón se descolgó diciendo que la culpa no era suya, que ‘haberse puesto el cinturón’. Para que no denunciaran. Y eso que cuando él estuvo tan mal me ayudaron en todo ¡con un hijo muerto!

Eso me pasa por casarme con un pusilánime [sic]. Su madre era quien mandaba en su vida.”

-Y la Tita Mari ¿sigue siendo la ‘Tita Mari’?

-“Por supuesto. Ella y su marido son como de la familia, por suerte se dieron cuenta de todo. Imagina, hasta mi familia dejó de hablarme por culpa del tío ese. Pero bueno, todo aquello ya se acabó.”


Nunca hasta entonces había sentido tanto aprecio por una cliente, alguien que habló con cariño de todo el mundo excepto de aquel que hizo daño, no a ella, sino a los demás.

Al final hubo tocamientos. Abrazo fuera del coche y cuatro manos amontonadas apretando fuerte.


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